Fachada de siglos bajo la sombre de la fe.

Autor: Juan José Prieto Larez

El tiempo camina el rostro de los asuntinos.

Autor: Juan José Prieto Lárez

Espacio de los misterios.

Autor: Juan José Prieto Lárez

La promesa.

Autor: Juan José Prieto Lárez.

Toño, de museo.

Autor: Juan José Prieto Lárez

sábado, 8 de noviembre de 2014

Postales de una ciudad que se hace vieja.





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Esquina Asuntina





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lunes, 3 de noviembre de 2014

Y sucedió que...en mis días como reportero.

Y sucedió que...en mis días como reportero: tuve una conversa con el Dr. Osnaldo Leiva, entonces director del Hospital Luis Ortega. Me acompañan los colegas Irma Ramos, Irama Flores, Víctor Aguilera y José Antonio Lárez, en aquel Diario del Caribe.





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Fiesta de Luto - Cuento

Fiesta de Luto
(Cuento)


Texto: Juan José Prieto Lárez*


El aroma de los montes se  perdió. Las casas no lucieron los racimos de frutas salvajes, ni el entretejido de las hojas de coco para vestir cada puerta de cada casa en El Copey. Una fatídica decisión amenazó con desaparecer, quizás el mejor velorio de Cruz más concurrido, y colorido de toda Margarita, siendo la única razón: siempre hay un muerto para esas fechas. El último fin de semana de todos los agosto, la Santa Cruz tiene su fiesta.


Es una sola calle, larga, caminado junto al río cumpliendo el compromiso de guarecer sus aguas cuando se torna caudaloso por las lluvias en la cumbre. El monte crece desprevenido, resguardado a la sombra de cocales alzados como jirafas encopetadas bebiendo agua de las nubes. La cal es historia en las mejillas del bahareque puyado con caña brava parapetando el apuntalamiento a las añejas paredes que descubrieron hace poco la quimiquezca pintura de muchos colores. Ahora lucen perchas alegres dando vida al desfile hogareño jugando a ser telón de naturales adornos traídos de las fértiles huertas.


Un veintinueve por la noche, viernes, según el invariable programa, destaca bailes populares protagonizados por grupos musicales de la región, siempre un trabuco, que permita el milagro de a cosquillar los pies a todo el que pise ese renglón de tierra ladeado por una ofídica tubería transportando agua desde la montaña hasta el dique asuntino. La huerta de Filiberto Subero, al lado de la batea que da paso al cauce, recibe ese vendaval musical convirtiendo a los bailadores en sudorosos danzantes. Orillado al río está el Bar de Lucía, templo de la cerveza fría y el baile raspaebilla, consistente en solo mantener en movimiento la cintura de un lado a otro. Ella, Lucía, con rostro moreno surcado de rayas llevando la cuenta de sus años, mirando con sigilo a cada quien, bondadosa y entusiasta contrataba otro conjunto rítmicamente opuesto al de la competencia, además tenía una rokola donde anidaban las mejores voces del bolero, la ranchera y las baladas de oro del cancionero latinoamericano. Pamasñapa, el bar estaba abierto todo el año, eso era una gran ventaja porque atrapaba una clientela numerosísima. Algunos quiscos eran preferidos por quienes disfrutaban más de la conversación y salutación de los llegados de otros lugares de Margarita. O preferían acercarse a las mesas de envite y azar.


El sábado, aun la resaca vivita late en la aturdida cabeza de los amanecidos delirando por un suculento sancocho de gallina criolla en la huerta de Chabola, que los repotencien, después un respectivo baño en las posas frente a Toño Botella o Frank “El Yare” o en la batea de Sicodélico, refrescando el embeleso etílico. A las tres de la tarde se da inicio a las carreras de los ramos, allí los jinetes en elegantes caballos demuestran sus habilidades arrebatando ramos de flores colgados a una cuerda anudada en los extremos. Se inspiran en las lindas muchachas a las que les dedican los  aromados trofeos. El que más agarre gana y recibe una presea dorada.   En la noche a partir de las siete, la actividad central es el canto de galerón con los más afamados galillos del emblemático canto oriental. Comienzan los cantadores, un grito de guerra precede a la improvisada décima saludando a la santa Cruz, es la primera ronda, luego un poco de historia va animando el recital, comienzan los aplausos por quien mejor remate la estrofa, los contrincantes  murmuran para sí la composición en trámite creativo, la buena memoria es imprescindible al momento de pararse ante el micrófono porque debe declamar los diez versos previamente planeado, avanzando la noche el pique se torna personal surgiendo picarescas contestaciones mientras el público pareciera no agotar las palmadas aupando a su favorito, en la joven madrugada se decreta al ganador.  El domingo por la tarde, aun con el canto atrapado en los oídos acude la multitud a la quema de la vaca y el vapor. Se acerca la despedida, la magia va perdiendo el encanto que logra reunirnos todos los años, esa noche de la despedida comienza la cuenta regresiva para el venidero año. Por el medio de la calle desde la plazoleta, donde también está la enramada donde se expone la cruz, casi llegando a la bodega de Fidel estas simbólicas imágenes disparan sus petardos en todas las direcciones. El gusto está en esconderse entre las casas o el gentío mismo para evitar alguna quemadura. La nostalgia gana terreno y el recogimiento se hace en silencio como si nadie quisiera irse a su casa.


Todo esto debió ocurrir exactamente igual  por allá por los setenta, cuando todo estaba dispuesto para el velorio. Ese viernes 27 muere Lucía. Y comienza el dilema entre los organizadores hay o no fiesta. En el rezo de cuerpo presente la incertidumbre reinaba en torno a la realización de éstas, los organizadores tomarían una decisión, si se quiere drástica por lo apremiante de los acontecimientos, luego del entierro. El ritual del velatorio se llevó a cabo sin titubeos, aunque la muerte de Lucía representaba una sensible baja en el telón festivo del remanso copeyero. La incertidumbre dominaba a cada uno de los pobladores, no tan solo a los organizadores. Realizado el enterramiento la junta de las festividades se reúne de manera extraordinaria para tan delicado punto a tratar. Las horas transcurrían, los cantadores llamaban constantemente para asegurar la fecha, así los conjuntos, así todos lo que de alguna manera eran artífices de la romería.


La calle larga de El Copey era de un inédito silencio, una trama con personajes mudos desafiando el consumo de la angustia. No se sabía ni se decía nada. Los miembros de la junta deliberaban cubiertos de imprecisiones, devorando sin remedio la desolación en los anaqueles del convencimiento. Hubo quienes votaban por el aplazamiento, pero encontraron resistencia en quienes presagiaban el fin de los días del velorio, aduciendo que para esas fecha, como mandato de Dios alguien moría, repitiéndose la historia. La voz de Beltrán Brito, en su rol de presidente de las festividades y conocedor como nadie del pueblo de El Copey lanza la propuesta de celebrar el velorio como un homenaje a la finada mujer, ya hecha leyenda inevitable. Validó su argumentación  adjuntando dedicar el  canto de galerón en su nombre como rito funerario para el descanso eterno de su alma, la disculpas sabría Dios entenderlas. La sentencia resonó como un cañonazo aplastando cualquier ejercicio de revuelta inconformidad: todos los años tendrá de celebrarse el velorio, muera quien se muera.


Todos estuvieron de acuerdo, pero había el otro problema; cómo decirla a la gente la coletilla: muera quien se muera. En resumidas cuentas no hubo congregaciones adicionales para tal anuncio. La decisión estaba tomada. Efectivamente la fiesta se plegó a lo pautado, cerveceros, cantadores y grupos musicales se integraron a la farra, la periferia se volcó más entusiasta que nunca al disfrute y ahora muchos copeyeros quisieran morirse en esos días para tener un funeral muy festejado, sea quien sea el muerto.


El cortejo de Lucía convocó los más sublimes sentimientos, para dibujar la impecable compañera que partía con sus flores de contagio amoroso a ese cielo permitido a seres buenos, de dulces redundancias para el peregrinaje etéreo. Los jinetes armados de ramos, como desprendidos poemas repentinos, se preciaron en la cabalgadura soportando el llanto que buscaba acomodo en trompetas y flautines sobrios que dedicaban notas celestiales emblemáticas de adioses resguardados en gratitud y reverencias.  



*Periodista
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Esquina Asuntina

Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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EL VUELO DEL BÚHO - La mancha del Caballero.

La mancha del Caballero

Juan José Prieto Lárez

Lo recuerdo. Arrogante. Con su traje de arrogante, su montura hipócrita de caballero sobre un corcel de espejo. Con un rastro insincero sumado a su mano, semejando fidelidad, puesta en el lado del corazón. Así fue este caballero que recuerdo, porque habitó en un lugar de este planeta, cuyo nombre no diré. Su historia es triste, no como la del Quijote bueno que luchó hasta con los fantasmas de su locura. Éste no supo luchar, su egoísmo fue real y no tan maravilloso. El talento de este caballero no le sirvió para nada, salvo para dislocar el conglomerado social con estrategias incómodas donde figuró sólo él como adalid, aun tratándose de un escenario plural. Él inventó ser un Caballero como los de aquellas historietas.

Esa actitud ruidosa lo desencajó de la conciencia colectiva y solo sumó fracasos. Avanzó hacia atrás por retardatario, dejando al margen la diligencia que debió asumir y no permitir estragos de la ignorancia. Su vanidad medieval repercutió en amagos de galería, un ámbito donde se cuelgan aplausos rasantes e intrascendentes. Este aspirante quijotesco se habituó al piropo desentendido de aduladores trogloditas, con sólidas intensiones de participar en un carnaval de improvisaciones y vicios que más adelante se tornarían en violentos hachos de insensatez.

La resignación invadió a quienes esperaban cambios con vientos favorables de sabiduría, nunca llegaron. El madero de su lanza era fofo por lo que nunca pudo ajustarse al corpus de la huella de las ideas. El rostro se hizo musgo para dormir silente, envuelto en silencio para hacerse lejano al clamor que reclamaba signos altivos de sapiencia. ¡Oh! caballero perdiste la lucha en el despeñadero de tus manos donde no brillaron ideas, pero si la fuente oscura de tu incapacidad. Ahora cojeas por entre los trechos de la vergüenza, a orillas del pantano del olvido, de ese olvido que dejas por ser inaudito.

Los azotes del tiempo rondarán tu espada sorda, alzada en la nada por no saberla guiar cuando la cordura te exigía convicción. Y no fuiste quien debías ser. Para cubrir tu paso hará falta el arrebato del verso proclamando el vuelo a la montaña donde se aparecen los sabios que colman el valle con piélagos de razón, y miran de noche el amanecer en cada comarca porque disipan la niebla invisible con gajos verdaderos brotados del conocimiento puro. Así termino, yo Sancho, el conjuro de quien quiso ser Caballero más que Don Quijote. De quién solo deja una mancha en la planicie, donde aún existen molinos con sus sables de viento.



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Postales de una ciudad que se hace vieja.

Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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Un asuntino curioso

Un asuntino curioso “Cheo Marcano”
Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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lunes, 27 de octubre de 2014

Postales de una ciudad que se hace vieja.




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Corto Metraje - Cuento

Corto Metraje
(Cuento)


Texto: Juan José Prieto Lárez*


¡Me gusta que huelas a puta!


Fueron las palabras que conmovieron la humanidad de Carolina. Unos temblores la recorrieron de su cabeza a los pies. Jamás, ante hombre alguno, se sintió tan desvalida. No supo qué responder a la mole encima de ella hamaqueándola con un vigor bestial. Creyó tener en su vagina un dragón escupiendo candela. Todo le gustó. Acabó. Fantaseando un volcán en plena erupción su incandescente lava recorriendo su entrañable geografía. Cesaron los jadeos. Sin mirar a los ojos, a quien dominó su vergüenza, se quedó dormida, aliviada. Después de vivir impetuosos instintos descuartizando sus carnes. No importó la duración de la posesión que le pareció siglos. Le apeteció la exploración por toda su caverna y el coro de lamentaciones placenteras resplandeciendo perdones reconciliables, y una razón apasionada descubierta inmolando lo perplejo.


Encogió las piernas, resguardó entre ellas sus brazos extenuados. Se sentía arrollada por una locomotora vertiginosa que nunca se detuvo en su arremetida sobre los rieles que la llevaron hasta un final intenso, sin ninguna estación donde desocupar las ansias y renovar los bríos que igualmente se harían añicos. La ventana de la habitación permanecía abierta, dejando escapar el fogaje y quejidos y lamentos. Las aspas ruinosas de un destartalado ventilador en el techo, giraban a intermitente velocidad. Esparcía el rancio perfume de unas rosas sumergidas en una jarra plástica, transparente con agua amarillenta. Donde zigzagueaban larvas entre tallos gangrenados, faltos de atención. Su trémula apariencia describía una convicción aniquilada, solapada por la ralea benefactora fungiendo de escudo a su arrebato, proveniente de una conspiración intrínseca, más que de un invento falaz. Era su obra enloquecida, la recreación de su propia conminación.


Desnuda fue al retrete. Atravesó el cuarto, dio una palmada al mal sintonizado radio, instalado sobre una mugrienta y gastada consola de fórmica, quedó mudo, en vez de pronunciar voces coincidentes para acompañarla. A un lado, el universal retrato de la diosa María Lionza. Al otro lado un vaso de vidrio empañado de innumerables huellas dactilares luciendo en el fondo una cucaracha tiesa patas arriba. Meó sin sentarse en la poceta rosada con agua marrón, poca, pero marrón al fin. Había una ponchera blanca de peltre con hojitas verdes pintadas en todo el borde, con otro poco de agua, antes, tal vez fue más cristalina. Como pudo miró estiró sus arrugas mirándose en el fondo del recipiente que guardaba tantos secretos, el agua mate sirvió para humedecer un tanto más su intimidad. No tuvo con que secarse la pepita.


La moribunda luz del crepúsculo golpeó sus ojos, al dejar la pieza, avivando confusión en el seño. Caminaba por el único y largo pasillo fingiendo buscar las llaves del vehículo en el bolso, solo por llevar la cabeza gacha. Esa acción ponía en evidencia el temor a ser vista en ese paupérrimo antro escogido como refugio a sus cogederas. Unas gafas oscuras la hacían configurar un hecho de presunción, una explicación inacabada envuelta en el hartazgo desdoblado muy de sí. Era súbita su seducción patentada con una autonomía mordaz sobrellevada por los rasgos pervertidos de la desolación. Respiró profundo detrás del volante. Miró por el retrovisor, a la vez que emprendía fugaz partida, dejando atrás el último hálito de su ofuscamiento. Desapareció en el asfalto que comenzaba a reposar la ardentía. Cuidadosamente el pertinaz vientillo fue desabozando todo indicio de su presencia. No quedaron huellas de su hermoseada figura en el chamizo, donde van las muñecas a desteñirse y declararse apreciadas sin vacilación, porque al estar allí corren desinhibidas con el riesgo del olvido de los hombres.


Como ejercicio cinematográfico, conducía auscultando cada instante sucedido en el lúgubre lugar donde recién colmó su apetencia carnal. Entró al pent-house, donde cenaría a las ocho en punto con su marido. Importante ejecutivo de una empresa petrolera. Plácidamente en la tina, espaciosa y confortable de su sala de baño, se dejó caer sorbiendo una Martini doble, con mucho hielo, servido y llevado por el mayordomo. Allí recordó los músculos que la prensaron atajándoles el aliento, como trampa enloquecedora.


El agua tibia, no lograba relajarla  como realmente quería, sintiendo convertirse el cansancio en deseo por resucitar al brioso tipo, rudo que copiosamente hartó su coitiva sed. Se acariciaba los erguidos pezones. Su cosa comenzó a incendiarse nuevamente. Inhaló intensamente para aliviar el tormentoso arrebato que acosaba su sensual hermosura. La voz de Roberto, en medio del vapor fluido de los grifos se le calvó en las sienes advirtiéndole estar en casa.


La esférica mesa estuvo dispuesta como de costumbre. Él la abrumaba de números, cifras bursátiles, sobre todo del gris panorama provocado por la crisis económica mundial en pleno desarrollo. Mientras, ella  acariciaba las piernas de él. Estrujaba el bulto debajo de la bragueta. Se cimbró en ambos un acto amoroso, esperado desde hacía mucho. Un suculento beso de lengua trasegaba jugosas mordeduras, aromadas de finas especies. Despertando ansias de coitar allí mismo, en la mesa, donde sus paladares se ahogaban en delicateses. Luego, delicado, escrupuloso, abrió la sedosa como sensible bata, perfilándose deseoso, embrollado en el ardor que produce el deseo desenfrenado por desbordar su delirante simiente en la oscura parte de ella. La hembra musitó estar lista para la entrega, sin pantaletas, muy mojada, con un supuesto exceso de afán por ser encajada y horadada. Él la penetró, fogoso, sin querer perderse nada como querellante de aquella consumación. Siguiendo el rastro a los olores expedidos por la presa febril susurraba a sus oídos destinatarios una frase desvanecida: ¡olerte me recuerda los viajes a París!



*Periodista
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Y sucedió que...en mis días como reportero.

Y sucedió que...en mis días como reportero: tuve una conversa con Fabrizzia Mariani-Directora de la Galería Galpón (Foto: Arcadio Millán).




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