Fachada de siglos bajo la sombre de la fe.

Autor: Juan José Prieto Larez

El tiempo camina el rostro de los asuntinos.

Autor: Juan José Prieto Lárez

Espacio de los misterios.

Autor: Juan José Prieto Lárez

La promesa.

Autor: Juan José Prieto Lárez.

Toño, de museo.

Autor: Juan José Prieto Lárez

domingo, 14 de septiembre de 2014

CARRERA DE MORROCOYES

Carrera de Morrocoyes


 Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”

 Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”

Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”


El bulevad 5 de Julio de La Asunción se convirtió en simpático Morrovódromo para alegrar una mañana calurosa. Diversión para grandes y chicos. La organización estuvo a cargo de la Dirección de Turismo de la municipalidad.



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miércoles, 10 de septiembre de 2014

EL VUELO DEL BÚHO - Llantos de futuro

Llantos de futuro








Juan José Prieto Lárez

En mis vespertinas visitas a los alrededores de la Plaza de Bolívar y Luisa Cáceres en La Asunción, no son más que el acompañamiento a mi hijo Juan José al núcleo de música perteneciente al Sistema de Orquestas Infantil y Juvenil, donde ejecuta el corno. Desenfundo mis recuerdos cuando yo era alumno de los maestros Eduardo Serrano y Razés Hernández López, ambos ya fallecidos, además de pertenecer a los coros de la Facultad de Odontología y Humanidades dirigidos por el maestro Roberto Ruiz, por si fuera poco cuando fui integrante del grupo “Son boleros” teniendo como director musical al amigo Carlos Belfort. Con este preámbulo armónico pretendo destacar la febril afición de escuchar música cualquiera sea su género. Andaba uno cazando los eventos en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela (UCV), de ellos quedarían gratos recuerdos y el sabor melodioso de la anécdota.

Recuerdo dos. La primera fue cuando el maestro Antonio Estevez dirigió la Cantata Criolla en homenaje al poema de Florentino el que cantó con el diablo, del Alberto Arvelo Torrealba dirigiendo la Orquesta Sinfónica de Venezuela en el Aula Magna de ese recinto universitario. Corrían los años ochenta, aquella estancia universitaria estaba a reventar, todos los asientos, incluyendo las larguísimas caminerías alfombradas que desde muy temprano fueron ocupadas. Llegó la hora. Cada músico ocupó su lugar, buscando la afinación final de su instrumento, cuando el murmullo amainó apareció por la puerta lateral izquierda del escenario la rigurosa figura del maestro, digo rigurosa porque es muy conocida la exigencia del maestro cuando de dirigir se trataba, recordemos que fue el fundador del Orfeón Universitario de esa máxima casa de estudios. Salió con su bastón en la mano izquierda y en la derecha su batuta, pelo blanco, anteojos de parape, revestido de un flux negro, camisa inmaculada y su corbata haciendo juego con el traje. Justo cuando el maestro levantó sus decididos brazos para hacer sonar la más emblemática pieza llanera, en el balcón de la sala se adelantó el  agudo acorde del llanto de un niño. Sin más remedio bajó los brazos en señal de destemplanza por la imprudente inocencia, se volteó hacia el público diciendo a viva voz ¡me sacan ese carajito de aquí! El concierto concluyó sin más tropiezos.

La segunda sucedió con Daniel Viglietti, quien luego de recuperarse de las atrocidades de la dictadura en su Uruguay natal, vino a Caracas a una serie de conciertos también en los ochenta. Esa noche el Aula Magna estaba que no cabía un alma más. Apenas comenzando el recital, cuando rasgaba las cuerdas de su inseparable guitarra comenzó a llorar un chamito, por el tono de su llanto era de meses, una y otra vez  interrumpía el inicio del canto rebelde del cantor sureño. Luego de algunas voces declamatorias, hubo silencio largo en la sala, solo se escuchaba el rasgueo de las legendarias cuerdas. Finalmente, al percatarse que ya no había interrupciones sentenció sutilmente: se durmió el guricito. Las canciones y aplausos se hicieron interminables.

Hoy resulta que los niños venezolanos son los protagonistas del más ambicioso proyecto por la paz mundial que es la música, nacido del Sistema de Orquestas de la mano del maestro José Antonio Abreu, postulado al Premio Nobel de la Paz.


  
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EL VUELO DEL BÚHO - Abrumadora Ausencia

Abrumadora Ausencia








Juan José Prieto Lárez

Todas las tardes, después de las cinco, una señora de unos ochenta años se sentaba en el pequeño balcón del apartamento que habitaba. Siempre en la esquina desde donde le era posible mirar la afluencia de carros y gentes dando vueltas a la Plaza Venezuela, Caracas. Todas las tardes pasaba yo por ahí cuando me dirigía a la Ciudad Universitaria, jamás miró hacia abajo, la mirada buscaba algo por encima de los pequeños edificios o casas de dos pisos construidas en la época de Pérez Jiménez, algunas aun conservan su particular arquitectura.

Más de una vez la señora del balcón fue el personaje de algunos textos en mis prácticas de redacción en la Escuela de Periodismo. Escribía en ocasiones de esa conversación inaudible entre la mirada y los labios de aquella mujer delgada con un largo camisón que le llegaba a los tobillos, las manos juntas en el regazo, pelo canoso recogido a la espalda con una cinta violeta, su rostro níveo con los surcos propios de la edad.

La soledad la rondaba como un signo inequívoco de melancolía, ese sosiego ajustado al alma como creído remedio a un mal muy grande que le corroe la vida poco a poco. Nadie que yo sepa lo sabía. Porque nunca la vi con alguien haciéndole compañía, era ella sola con su pena con envoltura de sueño, que a las claras de la verdad era una pesadilla.

Llegó el momento de no verla más en el balcón. Afloró pues, en mí, una sensación de ausencia de una amiga a la que nunca hablé ni supe su nombre. A una amiga que no supo de mí, o por lo menos fue lo que creí, hasta que un día otra señora mucho más joven, con bastantes kilos demás en su humanidad, cara redonda, brazos gruesos, pero de mirada tierna. No sé porque cuando estuve frente a ella, noté que era la misma mirada de la anciana del balcón. Me atajó en el camino a la universidad y puso en mi mano un sobre. Con sorpresa y desconcierto pregunté qué significaba aquel gesto, ella respondió que eran unas líneas que su abuela había dejado para mí antes de morir, hacía una semana. Sin más explicaciones me dijo que ella quiso escribirme algo de su vida, porque como me veía todos los días con muchos libros, quizás podría yo contar sobre ella.

Todo me parecía surrealista. Cuando leí la esquelita mucho más confundido estaba, porque me hablaba con mucha familiaridad, también que me daba las gracias por alzar mi vista para verla, ella lo tomaba como un saludo mudo, que seguía mirándome hasta perderme en la arboleda universitaria. “Lamento mucho que nunca pudiéramos hablar, es que no podía hacerlo porque nunca hablé y en mis oídos habitaba el silencio desde que un guardia civil asesinó a mi esposo, ese disparo fue lo último que escuché”. Tan conmovedora descripción se fijó en mi como aquel disparo. Me queda la satisfacción, al menos, haber sido amigo de una historia tan abrumadora y cargada de dolencia. Es así como se escriben las grandes buenas historias, sin uno saberlo puede ser protagonista guardando para siempre el recuerdo de lo que jamás se pudo saber. Se llamaba Flora.



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EL VUELO DEL BÚHO - La Mirada Rota

La Mirada Rota







Juan José Prieto Lárez

Luego, mucho tiempo después, Arturo encontró entre sus papeles una foto donde aparecía Alicia, sola, mirando a su lado izquierdo, donde debía estar él. La vieja fotografía mostraba la cicatriz de haber sido rasgada. Él había desaparecido. Recordó cuando se les hizo aquella gráfica un fotógrafo que luego las vendía como un recuerdo “de vida”. Volvió a revivir ese episodio y la posterior certeza del amor que se profesaban. Pero nada es eterno jamás, sabía.

Guardó el recuerdo “de vida” en la misma cajita de sus evocaciones. Había pasado mucho tiempo para detenerse más tiempo del justo para añorar lo imposible que fue la relación. Había pasado mucho tiempo, ambos escogieron sus caminos en la vida sin volverse a ver. Todos los días se sumaban al olvido de lo que no pudo ser.

Esa fue la norma que quisieron darle a sus vidas.

Un día en un diario cultural Arturo en sus ojeadas acuciosas descubrió una corta reseña donde leyó: “no hay nada más difícil que dibujar la mirada de una mujer desnuda”, el autor de esta sentencia era el maestro Milo Monara, dibujante italiano, de renombre mundial en el campo de las bellas artes, colaborador de notables directores cinematográficos. De inmediato regresaron las páginas de su historia de amor, cargadas de todos los momentos que estuvo al lado de Alicia, de todas las miradas que ella tenía para con él. Nadie como ella.

Una cronología gráfica dispuso el esplendor de sus años felices, un asfixiante amor convenido los hizo felices mientras duró, unos cuantos años fascinantes. Todo se resumía luego al misterio de la foto donde él no estaba, y ella miraba su ausencia. Los momentos íntimos revivieron sin pausa. Esa íntima entrega donde se revelaban intensos deseos, donde abundaban las promesas, donde los sueños parecían impostergables, donde la mirada delataba la desnudez.

Cerró los ojos para resucitar la ocasión de aquella foto, aquel instante de donde se esfumó, o más bien lo esfumaron, buscaba recordar qué mirada tenía Alicia cuando bajaban las escaleras del Teatro Nacional, si era las misma cuando una tarde cualquiera decidió no seguir a su lado, esa mirada sí la recordaba, era de indecisión, incertidumbre por lo que debía pasar posterior al rompimiento, él en cambio, demostró aplomo ante la decisión, porque sabía que jamás ella tendría a su lado un amor tan sincero como el suyo.

Aquella noche después de la función teatral hicieron el amor, y esa mirada se le presentó aclarándole su angustia interna, de súbita dolencia por que pronto tendría que decirle que todo debía llegar a su fin, más sin embargo, en el fondo sabía la verdad, se enfrentaba a una jugada por conocer la desdicha de no ser correspondida. Todo lo contrario a lo que significaba él, Arturo.

Cuando hubo descifrado el dilema de la sumisa mirada, se despojó de todo resto de rencor y la perdonó, comprendió que es cierto lo difícil de una mirada de una mujer desnuda aunque no se pinte, sino que se mire, porque pudiera estar pensando en la fatalidad aunque esté desnuda al lado del hombre que pronto dejará de amar



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EL VUELO DEL BÚHO - Los zamuros de Las Marites

Los zamuros de Las Marites
                                            
                                                   
 Juan José Prieto Lárez

La Laguna de Las Marites, en el municipio García está al, lado de El Yaque, donde queda el aeropuerto de Margarita. Siempre, desde que el Supremo pensó en echarse un chapuzón, la creó para los margariteños. Ella ha sido para los insulares la madre de todas las lagunas. Ha alimentado por siglos a propios y extraños, su riqueza alberga más de setenta y cinco especies de peces, manglares como manos escarbando en los arenales indómitos. Estar allí es la gloria. Pareciera una enorme ubre alimentada del mar inmenso que mantiene con ella un eterno amorío, ella todavía amamanta a los pobladores que la circundan.

Cuando muchachos, Ramoncito Marín y Chucho Marín, primos por parte de padre, en sus travesuras juveniles, salían escondidos del resto de los pescadores a divertirse trabajando a su antojo, buscando lebranches y longo, una exquisitez, asado y con una gota de limón. El bote era de cualquiera de los marinos que estuviera enclavado en los blancos márgenes, la muchachada tenía la libertad de aprender con los aperos de los mayores, a muy temprana edad dejan de gatear para nadar como verdaderas lisas. Cuando no estaban en la mar, es porque estaban buscando pitahayas o cují, son novecientas hectáreas para vivirlas hasta la última gota

Cierto día los dos carajitos quisieron abrogarse el ímpetu de creerse los más expertos marineros de todas las rancherías, incluyendo las de La Isleta. Tanto que deciden hacerse lejos en las postrimerías del medio día. Se llevan una naza de Arcadio López, el padrino de Chucho, el bote de Joseíto Velásquez. En una media muy bien anudada, varias agallas de pescado y tripas de gallina, amarrada en el centro de la naza, con esta técnica infalible a los tres días estaría repleta de bagres.

Los dos quedaron que regresarían el sábado temprano para que vieran los expertos que ellos también tenían sus trucos en la marinería. Esos tres días no portaron por la playa para no levantar sospecha de su bien intencionada faena, así tendría mayor credibilidad cuando aparecieran con su arrume de bagres atrapados en un ratico.

Pero otra cosa pensó Ramoncito, quien echándosela de más avispado se fue el viernes por la tarde, y junto a otros cómplices levaron la naza sacaron unas cuantas lisas y bagres pero su maldad fue más allá; cambiaron el sitio de donde estaba. Llegó el sábado y Chucho fue a buscar a Ramoncito para buscar el botín pesquero, pero éste le dijo que no iría porque tenía dolor de barriga, que si sacaba algo le guardaran su parte. Total, Chucho se buscó Rafa, quien era unos años mayor para que lo ayudara.

Rezón en mano comenzó la búsqueda de la naza, nada que aparecía, tira que tira el rezón y nada hasta que Rafa reventó: mijo ya el pellejo lo tengo negro de tanto sol, dónde está la naza, no dejaste una marca para saber dónde la echaron.

Ante la calentura de Rafa Chucho respondió con voz enronquecida: ¡claro! Rafa, cuando la echamos habían dos zamuros arriba.
  
¡Mira vergo!, así quieres tú ser pescador.
   



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EL VUELO DEL BÚHO - La Llamada

La Llamada

Juan José Prieto Lárez

-No cuelgues por favor. Déjame hablar. Está bien, comprendo que la última vez que nos vimos fue un desastre. Es justo también que reconozcas que ambos nos comportamos, si se puede decir de una manera infantil. Por mi parte admito que tienes razón en algunas cosas, pero no pienses en echarme a mí la culpa de nuestras interminables discusiones. Ambos somos responsables.

Te puedo jurar que nada tengo que ver con esa mujer que mencionaste. Sí la conozco, pero de allí a que tengamos algo hay mucha diferencia, ¿te puedo sugerir algo?, seamos adultos, quiero que lo nuestro sea una relación adulta, madura, que apartemos los ímpetus juveniles y en verdad miremos esto como un proyecto de vida en común, no andarnos agarrando por los cabellos cada vez que no encontremos. Esto debe tener una salida satisfactoria por el bien de ambos.

Entre nosotros debe prevalecer la confianza de uno por el otro, para que no tengamos que arrepentirnos luego para toda la vida. No asumamos la indiferencia como escudo, porque sabes muy bien que el tiempo nos jugará un trastada, y tendremos que vivir con una frustración que nos pesará cada día que veamos un amanecer.

Si he de pedirte de rodillas que juntos miremos cada atardecer, sintiendo que nos bañe de bendiciones la luna llena, lo haré, porque estoy seguro que somos tal para cual; ¿es tan difícil la comprensión? Pero no quiero empujarte a una definitiva decisión, espero que lo medites y cuando tengas una respuesta me llames y podamos conversar en los mejores términos posibles.

Ya que te estoy ofreciendo un panorama transparente de mis actuaciones, también te confieso que he tenido posibilidades de amar a otras, tal vez tú también hayas tenido las tuyas, pero por mi parte te diré que ha prevalecido mi integridad de hombre sensato, de apego al intenso amor que por ti siento, y tú lo sabes muy bien. Sabes que he procurado blindar lo nuestro contra los designios agoreros que nunca faltan, con tal de destruir cuando ven la aureola de la felicidad alzándose por encima de sinceros amantes, por ello nunca me aventuré a poner en riesgo nuestro mutuo afecto.

Bueno creo que ha llegado la hora de proponerte una tregua, para que juntos tomemos el camino que mejor nos convenga, ojala los años de costumbre nos ayuden a aclarar esta oscuridad en la estamos sumidos por un mal entendido que apareció de la nada. Permita Dios que los recuerdos de cuándo nos conocimos nos ablande el corazón y permita mirar el futuro, igual al que soñamos juntos.

Te acuerdas aquella vez cuando toqué tu mano por primera vez, pareció ser la señal de que surgiría entre los dos este amor que fue creciendo con cada mirada en el pasillo de tu oficina y la mía, y cada vez caminábamos más ese estrecho espacio que nos separaba, solo para mirarnos, sentir el temblor emocionado de cruzarnos, con la ansiedad de tocarnos, de mojarnos los labios.

Del otro lado de teléfono jamás hubo una respuesta.



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lunes, 8 de septiembre de 2014

El maestro japonés Bokuden Matsuda

El maestro japonés Bokuden Matsuda
Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”



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EL VUELO DEL BÚHO - Soledad después de la soledad

Soledad después de la soledad

Juan José Prieto Lárez

Buscando olvidar su pasado jipi, Simbrosio Pinto decidió largarse de su natal Maracaibo a la cementera capital del país. El trasnochado aventurero, luego de vivir aislado en un mundo que tocó fondo a los finales de ochenta comienzo de los noventa, decidió echar al cesto del olvido los ingredientes que acecharon su vida y la de muchos otros que quedaron en el camino tras un alucinante convivir de vicios y propósitos inviables, pero era la rebeldía universal la que hablaba. Las drogas, el alcohol y las malas compañías fueron el detonante para quienes quedaron colgados en una nota abobada, y una conciencia hecha jirones, además de cuerpos casi inservibles para nada útil a una sociedad, que por mucho tiempo sufrió la decadencia de sociedades desarrolladas, emularlas fue la perdición para miles de jóvenes que ansiaban un mundo  construido de la más absoluta carencia de valores, el amor y la paz eran solo una excusa.

Todo eso lo pensó Simbrosio antes acertar con la decisión de despojarse del pelo largo, barba espesa y descuidada, de un ropaje que hacía mucho había perdido lo alegre  de su colorido, pero principalmente de su figura enjuta.

Una pensión en el centro de Caracas sirvió para ordenar algunas ideas sobre cómo iniciarse una vida en ese monstruo donde nadie importa a nadie. Con poco dinero pudo recorrer la ciudad en autobuses que daban la vuelta a la ciudad por medio real, una arepa de caraotas y queso blanco costaba un bolívar, así pudo conocer cada rincón en poco tiempo, hizo amigos que vendían libros y no les iba mal. Así comenzó una nueva vida al lado de grandes escritores del mundo. Se alejó de las malas influencias y se metió de lleno en la lectura, a poco de iniciarse como librero ostentó una bagaje de conocimientos contrapuestos a los ganados haciendo nada en una oscura calle de su ciudad fumando marihuana y comiendo hongos alucinógenos.

La poesía fue su refugio pasando por los más connotados bardos nacionales, atesoró el pensamiento universal de la filiación humana, diferentes concepciones de vida. Aprendió a escribir poesía, se hizo poeta. De reojo miraba la vida sonreírle, se sentía con mejores bríos para enfrentar ese otro modo vivir, sufriendo por otros y todo lo dejaba ver en sus poemarios que vinieron luego que fuera descubierto como el Poeta del Puente, lugar de la avenida Fuerzas Armadas.

Las invitaciones a recitales eran a diario, la popularidad corrió por entre los intelectuales capitalinos que entonces lo visitaban en su quiosco de libros, llegó a vender más a que las reconocidas librerías de Caracas. Pero sufría en cada poema, desgajaba su yo interior por la crudeza de lo que decía, las perturbaciones por la desigualdad que se vivía en una sociedad perversa y llena de corruptos. Escribía de un mundo nuevo, por venir que abrazara al pueblo y lo librara de las manos de los especuladores de su existencia. De un momento a otro pasó a ser enemigo de los amigos que lo visitaban y alentaban su poesía, ahora estaba solo otra vez, encerrado en otro mundo, este, aunque más sublime, no dejaba de ser molesto para muchos que no gustan de los poetas porque dicen la verdad. Murió solo, enterrado por sus amigos libreros, sus poemas andan sueltos entre gente que si lo extraña.



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EL VUELO DEL BÚHO - La Asunción en salsa de futuro (III)

                                  La Asunción en salsa de futuro (III)

Juan José Prieto Lárez

Hace unos días apenas, estuvo en la Plaza de Luisa Cáceres en La Asunción un artista japonés de renombre universal: Bokuden Matsuda vino en representación de su país en un  proyecto denominado El Puente, también con artistas italianos, del Instituto de Cultura del Estado. Venía de exponer en la ciudad de New York, maestro de la caligrafía y con ochenta años encima, pero con los milenarios conocimientos de la cultura japonesa. Hice un ejercicio en retrospectiva de lo que hemos sido y somos, al menos los asuntinos. El resultado fue de desaliento. Fue como mirar un espejo y en sí mismo perderse tanto tiempo, diluirse entre la esplendidez de nuestra razón de ser, nuestra propia alternativa de adentrarnos en una onda de modernidad, sin perder la esencia misma de uno mismo. Somos culpables de la indiferencia al no percibir que el mundo cambiaría, que está cambiando. Seguimos mirando el espejo.

Matsuda dibujó en una tela de doce metros algo que quedará impreso por años, diremos sencillamente que fue un japonés que alguna vez estuvo por estas tierras. El arte es la huella que el hombre quiere dejarle al mundo a su paso por éste. Si nos atrevemos a hacer un inventario de las posibilidades artísticas que hay en La Asunción nos daremos cuenta que somos inmensamente privilegiados, cada día surgen más creadores. De imaginarnos otro espejo nos daremos cuenta que esta ciudad pudiera llegar a ser la ciudad donde se realice un turismo cultural de primer orden. No sé si la gente que gerencia la cultura ha tenido una conversación íntima consigo en la que pretenda asirse de una proyección agresiva, si cabe el término, para la adecuación de nuestros espacios para crear y recrear a los que nos visitan. Partiendo de la premisa acaso playa y trapos son la única actividad turística que podemos brindar? Me parece que no.

La Asunción debe ser convertida en una estantería colosal de historia, artes plásticas, música, gastronomía, artesanía, sin que por ello nos sintamos los asuntinos desplazados, vamos con esa corriente porque somos los autóctonos, somos los de aquí y también somos creativos, ese es el espejo que debemos ser. Claro, tampoco es que vamos sentarnos a esperar a que esto ocurra en un tris, tenemos que comenzar por cambiar nuestra actitud ¿cómo? mirando, asistiendo y apoyando estas actividades donde quiera que se presenten, caminar la Ciudad, opinar, sobre todo pensar en el futuro de los que nos siguen. Nuestras comunidades deben organizar recitales de poesía, expoventa de artesanías, escuelas de música, de cocina, panadería, dulcería, en fin nuestra cultura, nuestro turismo cultural. Otros que vayan a comprar pantaletas o tostarse al sol.

Lo más placentero vendrá después, cuando veamos a una gran cantidad de artistas de muchas partes del mundo llegar hasta aquí porque le han dicho que en La Asunción se cura el alma con rezos de hospitalidad, con plegarias de bondad, con las manos juntas por ser auténticos y cargados de los más altos valores de humanidad, donde detestamos las bombas, los niños son amados, y hacemos el bien sin mirar a quién.

Hay otro espejo esperando qué reflejar en él, tal vez sea el sueño narrado, tal nunca sea nada y el mismo espejo se encandile sin que nadie haya sido capaz de elevar a quién sea la mejor de las posibilidades de calidad de vida que una ciudad como La Asunción se merece.



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EL VUELO DEL BÚHO - Qué esperanza

                                                     Qué esperanza

Juan José Prieto Lárez

Un perfecto cuadre de fechas nos permitió recorrer miles de kilómetros. Unas semanas antes de la proeza, en la grama de los margariteños, como le decíamos a una pequeña extensión en los jardines de la Universidad Central de Venezuela ideamos el “plan perfecto”, Eddie Figueroa y el suscrito. Otro miembro incluido en el propósito fue Adonis Acosta, quien residía en la primogénita del continente, Cumaná.

La excusa era visitar en Güiria a nuestro amigo Carlos Mendez, quien trabajaba en el Ince de esa localidad. Todo salió como estaba previsto. Eddie y yo salimos en el último autobús que cubría esa ruta desde el viejo Terminal del Nuevo Circo, la idea era llegar temprano en la mañana a la tierra del Mariscal Sucre, así fue. Al amanecer llegamos a la Calle Bermúdez, casa “Los Buitres”, llamada así por los mismos estudiantes que la residían. Unos catacos fritos, arepas, aguacate y café, fue la combinación idónea para reponer el ánimo y el estropeo que dejaba aquellos desmadejados autobuses. Luego de un buen reposo, por la tarde vinieron unas frías. Había que pensar el seguir viaje a ese extremo casi irreconocible del estado Sucre, donde decían las malas lenguas que si uno se caía al mar varaba en Trinidad.

Entrando la noche dejamos todo listo para enrumbarnos a Carúpano después de medio día, pero la modorra era grande, total que salimos de Cumaná en la tarde y llegamos a Carúpano bajo el acecho de la noche. El rebullicio es costumbre los fines de semana, de allí sale y entra muchísima gente a muchísimas partes del país.

Llegamos a la parada de los carritos que salen para Güiria y había varios, por lo que pensamos que saldríamos rápido, pero resultó que ninguno quería ir para allá. Ante la incertidumbre preguntamos qué pasaba, hasta que un señor que vendía café nos dio razón: es que hay muchas palometas en la vía. Ignorantes al fin, averiguamos qué era eso de palometas, hasta que nos dijo: son mariposas que habitan en los manglares de la costa, entonces por efecto de las luces se pegan a los faros haciendo imposible ver la carretera. Viéndolo de esa manera tenían razón. Así estuvimos varias horas, y llegando pasajeros. Hasta que uno de ellos se decidió a enfrentar las nubes de palometas. Llegamos a Yaguaraparo, puedo decirles que parecía un pueblo fantasma. Ni un alma en ninguna parte, el alumbrado público a oscuras, solo en las casas se podía ver una lucecita roja muy tenue, las ventanas protegidas con tela metálica de la más fina, que no fuera posible dejar pasar a una sola de esos engendros. Seguimos a Güiria, ya era larga la noche y dimos otras vueltas buscando la dirección donde vivía el amigo Carlos, hasta que por fin. A esa hora salimos en busca de unas cervezas para dejar atrás el susto de las palometas. El sueño nos venció.

Al día siguiente salimos a eso de las nueve a recorrer el pueblo, Carlos tenía que trabajar. El sol estaba en plenitud de condiciones, el calor sofocaba y muy pocos pobladores se veían en las calles. En la primera bodega nos detuvimos a tomar algo, lo más frío que tuvieran, a esa pregunta respondía una mucha de unos diez años que estaba del otro lado del mostrador: lo único que hay es Chinotto y no está muy frío. No importa mija dánoslo así es que hace mucho calor. A esta queja la muchacha respondió: ¡ay! señor y espere que sea la una pa’ que sepa lo que es bueno. Todos nos miramos las caras ansiando una esperanza.



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EL VUELO DEL BÚHO - Ensayo para una canción

Ensayo para una canción

Juan José Prieto Lárez

Ven, te invito a conocer mi ciudad.

Lleva su nombre grabado en las nubes que la cubren, son blancas, venidas de ultramar hasta que se topan con la cúspide del Matasiete, la montaña de la gloria. Donde nuestra suerte guerrera salió triunfante derrotando al invasor. Ese nubarrón que ves amontonando agua regará este valle para hacerlo fértil, fecundos los árboles, también su gente. La bondad se cosecha como la espiga de los montes áridos, porque también hay sequía, aunque el alma nos permanece fresca. Es el embrujo que embriaga a todo el que viene a saber de nosotros, donde las noches son azules con incrustaciones de plata regadas en el manto que se va haciendo infinito, profundo, misterioso. Pero déjame hablarte del silencio. Cuando la ciudad duerme se escucha el rumor del oleaje cuando se aplasta en la orilla, la espuma salta como papelillo y se resbala en los uvales tiernos crecidos de un momento a otro, como cosa de magia la cresta de las olas lleva siempre blancura de luz.

Esas noches cuando todos los pobladores duermen hay que salir a caminarla para conversar con los paredones antiguos de piedra y barro, las calzadas de lajas acomodadas como besándose, tocándose para descubrir que siguen dispuestas a la huella del forastero o el vecino. Se siente, entre tanto silencio, cuando se desprenden las hojas de almendrones y robles ancianos con su corazón intacto, el ladrido de algún perro pareciera venir de entre las hinchadas raíces de las ceibas del río procurando la atención del celo de la hembra, apresada en los patios empedrados entre olores de flor de la reina, ixoras y limoncillo.

Sentémonos en este banco, son dos plazas unidas por una vía de mármol, es como la prenda que luce una señora todos los días, la única que ostenta por ser humilde y no interesarle las alhajas para emperifollarse. Allí está la Catedral donde los fieles se confiesan y comulgan, donde colman de oraciones a nuestra Santa Patrona. Más abajo está el Convento de San Francisco donde vivió en su capilla la Virgen de la Soledad. Si caminas hacia arriba llegas al Castillo Santa Rosa, fortaleza que es el pecho nuestro donde se anida la hidalguía para refutar tropelías venida de otras gentes. Estos parajes arbolados esconden historias inauditas enfrentadas entre el bien y el mal, el bien salió siempre airoso con cañones de plegarias y la innegable puntería de soldados encomendados a todos los santos que llevamos sobre nuestros pasos.

Hacia arriba está El Copey, aceituna montañosa, vivo verdor de la palma real, del campesino devoto y el palmero rezador. Cada año es una fiesta con un tropel de música y, otro de cohetes, anunciando el camino de la Semana Santa. Esa es nuestra semana fecunda de amor a Dios, cuando nos convertimos en fe con la señal de la palma hecha Cruz hasta las cenizas del miércoles del año próximo. Ya es de madrugada, ya viene el sol y las angoletas arman su escándalo para irse a otros huertos, volverán en la tarde cuando escuchen las campanas de las seis y vaya a comenzar la misa.

Te he contado y cantado esta canción para que no sientas celos cuando te diga que voy a ver a otra mujer, ella es La Asunción, como debe llamarse toda hermosa dama.


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EL VUELO DEL BÚHO - Yo descubrí mi niño Jesús

                                       Yo descubrí mi niño Jesús

Juan José Prieto Lárez

A todos los padres del mundo le sucedió, a todo el mundo le sucederá. Cuando descubrimos que el niño Jesús no es quien carga con los regalos de navidad. A quienes ya somos padres nos asalta la idea de cómo decirle a nuestros hijos que el niño Jesús somos todos los padres. A mí nunca me lo dijeron, yo lo descubrí.

Jugaba yo en el patio de mi casa, como siempre, no tener hermanos menores a uno le permite inventarse compañeros, los míos eran viejos listones de madera que mi papá arrumaba en la enramada donde tenía su carpintería. También tenía carritos fabricados por los chinos con el latón de las latas de sardinas El Faro. Contados soldados de plástico, y caballos y vaqueros del mismo material, el desgaste de los diminutos héroes  era evidente. Las armas largas de los diminutos soldaditos ya no tenían cañón, algunos vaqueros, por los duros enfrentamientos con bandos malvados, tenían amputado algunos de sus miembros, aun así los atesoraba, eran mis mejores amigos.

Sucede que en la tarde de un 24 de diciembre sorprendí a mí hermana Maruja mostrándole a mi mamá lo que yo le había encargado al Niño Jesús: una pistola y una bolsa de soldaditos. Esta mercancía estaba disponible en la inmensa vitrina que tenía Jesús Subero en su heladería El Güire. Todavía existe el edificio de dos plantas frente a la plaza de Bolívar en La Asunción. No supe qué hacer, ya no había excusa, el Niño Jesús de mi casa era mi mamá y mis hermanas. Al investigar sobre el arma, ayer cuando escribía, supe que se trataba de una Parabellum-Pistole, también conocida como una Luger de fabricación alemana, muy popular durante la Primera y Segunda guerra mundiales.

Nadie dijo nada, ni ellas ni yo, solo que ese día me acosté mucho más temprano que de costumbre. Mirar bajo la cama las primeras horas del 25 había perdido su encantamiento, sin embargo ese día lo recuerdo muy bien porque fue lo último que recibí en su nombre, el resto del año sirvió para asimilar el hecho de que no hay Niño Jesús. Actualmente los chamos se enteran por que siempre alguien se lo dice, son más abiertos a pregonar lo que para nosotros era un misterio saludable porque la imaginación irrumpía para sembrarnos de ansiedad, ahora nos queda la satisfacción de ver la cara de los hijos mostrando desde muy temprano los regalos descritos en la cartita debajo del arbolito.

A estas alturas nos queda pues pedirle al Niño Jesús la mayor de las consideraciones para con el mundo entero, una noche buena en familia, juntos en el solo deseo de tener paz, salud y un proyecto de vida sin mezquindad.

Desde esta columna les deseo unas felices pascuas y un próspero año nuevo, espero contar con su lectoría para el próximo año para que así  conozcamos más de nosotros. ¡Felicidades!



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