Fachada de siglos bajo la sombre de la fe.

Autor: Juan José Prieto Larez

El tiempo camina el rostro de los asuntinos.

Autor: Juan José Prieto Lárez

Espacio de los misterios.

Autor: Juan José Prieto Lárez

La promesa.

Autor: Juan José Prieto Lárez.

Toño, de museo.

Autor: Juan José Prieto Lárez

domingo, 9 de noviembre de 2014

Y sucedió que...en mis días como reportero.

Y sucedió que...en mis días como reportero: tuve una conversa con el Prof. Pablo Ramírez y el Dr. Luis Longart, después serían miembros del Gabinete del gobierno del Dr. Rafael Tovar.





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EL VUELO DEL BÚHO - Escalofrío

Escalofrío


Juan José Prieto Lárez

El escalofrío, dicho así, a secas, es parte de la cotidianidad. Lo sentimos, lo aclamamos, nos abruma, nos eriza. Es una consecuencia emotiva que de vez en cuando se convierte en torbellino de incertidumbre. Son incontables las veces que sentimos un manto frío congelándonos por dentro, aunque por fuera haga un calor insoportable, es el avistamiento de que algo anda mal: tanto en lo físico como en lo etéreo.

La creencia popular aduce que la visita de una ráfaga repentina de gélida excusa, es una señal inequívoca de que la muerte ronda muy cerca. Se hace inminente la señal de la Cruz, porsia. El miedo conspira contra la tranquilidad. Cuando se constata la desaparición súbita de alguien cercano estalla el dictado de la fortuna por no ser el escogido, al menos esta vez, una profunda inhalación se vuelve alivio.

Cuando vamos al médico por una persistente dolencia nos crece una actitud de indefensión por acoso de temblores con réplicas constantes. Los primeros exámenes desatan una arritmia corporal, una innovadora relación con lo desconocido trastoca el termostato del corpus, y el pánico aparece con una fortaleza de un frío injurioso. El capítulo se prolonga por unos días más, y la boca del estómago pareciera convertirse en el estrecho de Bering con sus velas blancas congeladas navegando lentamente, mientras la lectura de los resultados es todo un ceremonial, más bien un exorcismo, donde acuden todos los santos posibles. Unos pacientes salen airosos, otros perduran en el asombro.

 La guerra fría fue llamada de ese modo por mantener en un escándalo oculto, una suerte de zozobra apuntalada por las potencias mundiales, ha sido la guerra más estresante de la humanidad. El fino hilo de una realidad en vilo era la apuesta de la cordura sobre lo irracional, tanto que hizo posible un muro en Berlín, convirtiendo un territorio en dos icebergs que después de veinticinco años se unieron luego de derribar la penosa división. Un escalofrío recorrió las dos alemanias, hoy tan solo queda el rezago del vértigo.

Pero el mundo actual se debate entre una atención secuestrada, no por un muro, sino por kilómetros de paredes altas y millas y millas de alambres de púas. El mundo está convulso. Hay un escalofrío perenne porque el peligro anda más veloz que una paz posible. La descomposición social traducida a nuevos modelos de delincuencia y fanatismo religioso nos tienen despabilados: el medio oriente, México y otras tantas regiones del globo esperan del futuro una oportunidad. El escalofrío sigue anunciando signos pandémicos como una nueva forma de suscribir el terror muy, muy cerca de todos.



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sábado, 8 de noviembre de 2014

Hijos de la LLuvia - Cuento.

Hijos de la Lluvia
(Cuento)



Texto: juan José Prieto Lárez*

  
Un bulevar bordea la playa. Salpicado del agua fría y salada comprometida con un paisaje que incluye la existencia embrollada de arbustos anímicamente delicados, luciendo penachos que parecieran haber renunciado a su condición de vida hermoseada por la incredulidad terrena de alimentarse de salitre. La arena, aunque gruesa se torna inquieta bajo el permanente asedio ventisco que la obliga a convertirse en pájaro minúsculo deslizándose celosamente en diferentes direcciones, construyendo bancos areniscos que volverán a dispersarse.


El día destacaba propicio para una cita agradable en familia, con amigos. Ese día hizo sospechar que nada cambiaría. Todo estaba atado a una perfecta sincronía y esa prolongación no aceptaba intromisiones irreconocibles que lo amenazaran. Los niños jugueteando en la arena, otros convertían el arenal en mayúsculos castillos, los adolescentes no cesaban de golpear una diminuta pelota, cada uno con una raqueta de madera. En una imaginaria cancha un balón se mueve de un lado a otro mientras es chutado con los desnudos pies. Adultos obsesivos reposaban echados a sillas extensivas para que el sol les achicharrara el pellejo, muy a pesar de la manteca untada para protegerse. Unos pocos sentados a orillas del rompeolas se enfrentaban cual jurado, a las informaciones aparecidas en diarios locales o nacionales, debajo de sombrillas multicolores compendiaban las páginas de un libro ameno como conexión relajante.


Yo caminaba observando aquella pasividad extendida a todo lo largo del bulevar y su paisaje humano y marino. Caras representando diferentes estadios dispuestos a la distracción, logrando disipar abstracciones para concretar una fanática suma de seducciones confesables a los ojos de todos. Las barcazas, deliberadamente florecían y multiplicaban perspectivas perfectas de una ciudadela lúcida, caracterizada en espejos de colores, preferiblemente de todos los colores, aflorando balcones custodios de una muy original motivación coleccionable a toda su luz. Continuos restaurantes se orillan luciendo de filiales a la narración visual, incluyendo sus propietarios, afectivamente complacidos de la asistencia profusa de comensales. Los meseros y sus sonrisas eran el marco de un retrato justificado con atuendos felices, sin la tachadura del desaire. La noción folclórica no requería disfraz alguno, sino más bien el contrapunto de voces infantiles ofertando empanadas. Todo un contenido cultural marcado por la disciplina de manos artísticas haciendo descubrir la orgía gastronómica más popular de esta maravilla de tierra. Con mi cámara fotográfica acusaba estas costumbres inspiradas por el elemento establecido antes los ojos infinitos del universo: el mar. Todo él era el rango de desenvolvimiento de creencias y valores cifrados en la sencillez para encararlas. Más y más fotos me hacían acudir a matices realmente impregnados de una estelar forma de vida.


A las dos y media de la tarde comenzó una llovizna pertinaz. Yo me refugié debajo de una ancha cornisa, pero al poco rato fui invadido por ráfagas de aguaviento, escapando desconcertado hacia un improvisado refugio ofrecido por el levadizo costado de un quiosco de pepsicola. El natural enojo fue tal que me impidió la visión. El cielo fue perdiendo su intencional clarito y fomentó una ilustración opaca. La brisa, aquella de mordidas impetuosas, de atuendos arenosos se tornó indisciplinada. Los bañistas sometidos a una aventura de soberbios latigazos cultivándose un desorden equivalente a estampida. Cada quien buscó ponerse a salvo de esta circunstancia primitiva sin tener certeza del fin, algunas sombrillas fueron arrastradas hasta el mar flotando de barriga, algunas toallas volaban como aves extendiéndose por aquel patrimonio caritativo. Por lo acaecido, así de repente, el éxodo no se hizo esperar, todas las intenciones primeras de recogimiento dominguero se esfumaron ante la fenomenal visión, todo parecía estar dentro de una funda agrisada sin posibilidad lumínica a corto plazo. 


El bulevar cedió a las fuerzas del mar de leva,  dejando a su merced el entramado esqueleto de cabillas y la mezcolanza de concreto y piedras. Los truenos y relámpagos  terminaron de empastelar la confusión de la proverbial arrogancia telúrica. Desvié mis pasos para enfilarme por el centro del bulevar bajo el torrencial aguacero, pero no había nadie, ni sombras desentendidas moviéndose hacia alguna trinchera. En un dos por tres todo se apaciguó, el ambiente se hizo explícito, el parentesco fantasmal cambió de parecer permitiendo que la historia volviera a su curso, quedó íngrimo. Vista la situación busqué acomodo, aun con previsión, primero en el amplio porche de un restaurante, y mi sorpresa fue mayor cuando noté que no había un alma allí, las comidas servidas humeaban ante sillas vacías, los vasos resumían su gélido contenido. En el espaldar de las sillas descansaban las toallas húmedas de agua salada y de lluvia. No obstante, frente a la inmensa interrogante que se cernía sobre mí, tuve la osadía de hacer algunas fotos explorando el enigma representado por la desaparición de toda propuesta humana, excepto yo. No sé por cuál razón.


Confieso que estaba estupefacto, atemorizado quizás sea la palabra indicada. De existir alguna definición a tal espectáculo se quedaría corta, no había manera de convencerme a mí mismo la superación de este trauma buñuelesco. Salí del sitio con toda la prisa que mis pies pudieran proporcionarme, sentía el corazón en la garganta abriendo paso para salirse. Entré a una casa cuya familia me era conocida, solo en busca de alguien con quien conversar todo aquello, yo estaba empapado hasta el tuétano, mi cuerpo mismo era un río, solo la cámara estaba a buen resguardo por su impermeable estuche. En la vivienda sucedía lo mismo que en el restaurante. Exactamente igual. Sentí mi estómago achicarse reconociendo el socavamiento que produce el miedo. Hice otras fotos.


Recuerdo que caminé bastante hasta hallar un libre que me llevara hasta mi casa. Me di cuenta a lo largo del trayecto que el pavimento estaba seco, sin señal de haber recibido una gota de agua. Luego de haberle dicho al chofer hacia dónde dirigirse entré en un aletargamiento inusual tal vez producto del cansancio. Una vez enfrente de mi casa me despertaron los ladridos perrunos, cosa que sucede cuando algún vehículo se estaciona justo allí. Cuando busqué el dinero para cancelar mi ropa se había escurrido sin dejar rastros del remojón. Mi expectación era inocultable en un torbellino de implacable misterio.


 Fui de inmediato a mi estudio, sugerí el protocolo tecnológico entre mi ordenador y la cámara fotográfica, toda una metodología práctica y muy rápida, a mí me pareció un siglo que aquella empatía técnica se cumpliera a cabalidad, la ansiedad censuró cualquier relación con mi entorno familiar entregado al dominio televisivo. Solo estábamos yo y mis sudores asombrosamente implicados en una sugestiva espera digital. En las fotos aparecía el aquietado mar azul en compañía de barcos pintorescos, un indistinto bulevar colmado de transeúntes inmóvil. En las tomas del restaurante y la vivienda cada cual en su puesto, cada quien haciendo lo propio. Nadie miró a la cámara.



*Periodista
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Postales de una ciudad que se hace vieja.





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Esquina Asuntina





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lunes, 3 de noviembre de 2014

Y sucedió que...en mis días como reportero.

Y sucedió que...en mis días como reportero: tuve una conversa con el Dr. Osnaldo Leiva, entonces director del Hospital Luis Ortega. Me acompañan los colegas Irma Ramos, Irama Flores, Víctor Aguilera y José Antonio Lárez, en aquel Diario del Caribe.





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Fiesta de Luto - Cuento

Fiesta de Luto
(Cuento)


Texto: Juan José Prieto Lárez*


El aroma de los montes se  perdió. Las casas no lucieron los racimos de frutas salvajes, ni el entretejido de las hojas de coco para vestir cada puerta de cada casa en El Copey. Una fatídica decisión amenazó con desaparecer, quizás el mejor velorio de Cruz más concurrido, y colorido de toda Margarita, siendo la única razón: siempre hay un muerto para esas fechas. El último fin de semana de todos los agosto, la Santa Cruz tiene su fiesta.


Es una sola calle, larga, caminado junto al río cumpliendo el compromiso de guarecer sus aguas cuando se torna caudaloso por las lluvias en la cumbre. El monte crece desprevenido, resguardado a la sombra de cocales alzados como jirafas encopetadas bebiendo agua de las nubes. La cal es historia en las mejillas del bahareque puyado con caña brava parapetando el apuntalamiento a las añejas paredes que descubrieron hace poco la quimiquezca pintura de muchos colores. Ahora lucen perchas alegres dando vida al desfile hogareño jugando a ser telón de naturales adornos traídos de las fértiles huertas.


Un veintinueve por la noche, viernes, según el invariable programa, destaca bailes populares protagonizados por grupos musicales de la región, siempre un trabuco, que permita el milagro de a cosquillar los pies a todo el que pise ese renglón de tierra ladeado por una ofídica tubería transportando agua desde la montaña hasta el dique asuntino. La huerta de Filiberto Subero, al lado de la batea que da paso al cauce, recibe ese vendaval musical convirtiendo a los bailadores en sudorosos danzantes. Orillado al río está el Bar de Lucía, templo de la cerveza fría y el baile raspaebilla, consistente en solo mantener en movimiento la cintura de un lado a otro. Ella, Lucía, con rostro moreno surcado de rayas llevando la cuenta de sus años, mirando con sigilo a cada quien, bondadosa y entusiasta contrataba otro conjunto rítmicamente opuesto al de la competencia, además tenía una rokola donde anidaban las mejores voces del bolero, la ranchera y las baladas de oro del cancionero latinoamericano. Pamasñapa, el bar estaba abierto todo el año, eso era una gran ventaja porque atrapaba una clientela numerosísima. Algunos quiscos eran preferidos por quienes disfrutaban más de la conversación y salutación de los llegados de otros lugares de Margarita. O preferían acercarse a las mesas de envite y azar.


El sábado, aun la resaca vivita late en la aturdida cabeza de los amanecidos delirando por un suculento sancocho de gallina criolla en la huerta de Chabola, que los repotencien, después un respectivo baño en las posas frente a Toño Botella o Frank “El Yare” o en la batea de Sicodélico, refrescando el embeleso etílico. A las tres de la tarde se da inicio a las carreras de los ramos, allí los jinetes en elegantes caballos demuestran sus habilidades arrebatando ramos de flores colgados a una cuerda anudada en los extremos. Se inspiran en las lindas muchachas a las que les dedican los  aromados trofeos. El que más agarre gana y recibe una presea dorada.   En la noche a partir de las siete, la actividad central es el canto de galerón con los más afamados galillos del emblemático canto oriental. Comienzan los cantadores, un grito de guerra precede a la improvisada décima saludando a la santa Cruz, es la primera ronda, luego un poco de historia va animando el recital, comienzan los aplausos por quien mejor remate la estrofa, los contrincantes  murmuran para sí la composición en trámite creativo, la buena memoria es imprescindible al momento de pararse ante el micrófono porque debe declamar los diez versos previamente planeado, avanzando la noche el pique se torna personal surgiendo picarescas contestaciones mientras el público pareciera no agotar las palmadas aupando a su favorito, en la joven madrugada se decreta al ganador.  El domingo por la tarde, aun con el canto atrapado en los oídos acude la multitud a la quema de la vaca y el vapor. Se acerca la despedida, la magia va perdiendo el encanto que logra reunirnos todos los años, esa noche de la despedida comienza la cuenta regresiva para el venidero año. Por el medio de la calle desde la plazoleta, donde también está la enramada donde se expone la cruz, casi llegando a la bodega de Fidel estas simbólicas imágenes disparan sus petardos en todas las direcciones. El gusto está en esconderse entre las casas o el gentío mismo para evitar alguna quemadura. La nostalgia gana terreno y el recogimiento se hace en silencio como si nadie quisiera irse a su casa.


Todo esto debió ocurrir exactamente igual  por allá por los setenta, cuando todo estaba dispuesto para el velorio. Ese viernes 27 muere Lucía. Y comienza el dilema entre los organizadores hay o no fiesta. En el rezo de cuerpo presente la incertidumbre reinaba en torno a la realización de éstas, los organizadores tomarían una decisión, si se quiere drástica por lo apremiante de los acontecimientos, luego del entierro. El ritual del velatorio se llevó a cabo sin titubeos, aunque la muerte de Lucía representaba una sensible baja en el telón festivo del remanso copeyero. La incertidumbre dominaba a cada uno de los pobladores, no tan solo a los organizadores. Realizado el enterramiento la junta de las festividades se reúne de manera extraordinaria para tan delicado punto a tratar. Las horas transcurrían, los cantadores llamaban constantemente para asegurar la fecha, así los conjuntos, así todos lo que de alguna manera eran artífices de la romería.


La calle larga de El Copey era de un inédito silencio, una trama con personajes mudos desafiando el consumo de la angustia. No se sabía ni se decía nada. Los miembros de la junta deliberaban cubiertos de imprecisiones, devorando sin remedio la desolación en los anaqueles del convencimiento. Hubo quienes votaban por el aplazamiento, pero encontraron resistencia en quienes presagiaban el fin de los días del velorio, aduciendo que para esas fecha, como mandato de Dios alguien moría, repitiéndose la historia. La voz de Beltrán Brito, en su rol de presidente de las festividades y conocedor como nadie del pueblo de El Copey lanza la propuesta de celebrar el velorio como un homenaje a la finada mujer, ya hecha leyenda inevitable. Validó su argumentación  adjuntando dedicar el  canto de galerón en su nombre como rito funerario para el descanso eterno de su alma, la disculpas sabría Dios entenderlas. La sentencia resonó como un cañonazo aplastando cualquier ejercicio de revuelta inconformidad: todos los años tendrá de celebrarse el velorio, muera quien se muera.


Todos estuvieron de acuerdo, pero había el otro problema; cómo decirla a la gente la coletilla: muera quien se muera. En resumidas cuentas no hubo congregaciones adicionales para tal anuncio. La decisión estaba tomada. Efectivamente la fiesta se plegó a lo pautado, cerveceros, cantadores y grupos musicales se integraron a la farra, la periferia se volcó más entusiasta que nunca al disfrute y ahora muchos copeyeros quisieran morirse en esos días para tener un funeral muy festejado, sea quien sea el muerto.


El cortejo de Lucía convocó los más sublimes sentimientos, para dibujar la impecable compañera que partía con sus flores de contagio amoroso a ese cielo permitido a seres buenos, de dulces redundancias para el peregrinaje etéreo. Los jinetes armados de ramos, como desprendidos poemas repentinos, se preciaron en la cabalgadura soportando el llanto que buscaba acomodo en trompetas y flautines sobrios que dedicaban notas celestiales emblemáticas de adioses resguardados en gratitud y reverencias.  



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Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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EL VUELO DEL BÚHO - La mancha del Caballero.

La mancha del Caballero

Juan José Prieto Lárez

Lo recuerdo. Arrogante. Con su traje de arrogante, su montura hipócrita de caballero sobre un corcel de espejo. Con un rastro insincero sumado a su mano, semejando fidelidad, puesta en el lado del corazón. Así fue este caballero que recuerdo, porque habitó en un lugar de este planeta, cuyo nombre no diré. Su historia es triste, no como la del Quijote bueno que luchó hasta con los fantasmas de su locura. Éste no supo luchar, su egoísmo fue real y no tan maravilloso. El talento de este caballero no le sirvió para nada, salvo para dislocar el conglomerado social con estrategias incómodas donde figuró sólo él como adalid, aun tratándose de un escenario plural. Él inventó ser un Caballero como los de aquellas historietas.

Esa actitud ruidosa lo desencajó de la conciencia colectiva y solo sumó fracasos. Avanzó hacia atrás por retardatario, dejando al margen la diligencia que debió asumir y no permitir estragos de la ignorancia. Su vanidad medieval repercutió en amagos de galería, un ámbito donde se cuelgan aplausos rasantes e intrascendentes. Este aspirante quijotesco se habituó al piropo desentendido de aduladores trogloditas, con sólidas intensiones de participar en un carnaval de improvisaciones y vicios que más adelante se tornarían en violentos hachos de insensatez.

La resignación invadió a quienes esperaban cambios con vientos favorables de sabiduría, nunca llegaron. El madero de su lanza era fofo por lo que nunca pudo ajustarse al corpus de la huella de las ideas. El rostro se hizo musgo para dormir silente, envuelto en silencio para hacerse lejano al clamor que reclamaba signos altivos de sapiencia. ¡Oh! caballero perdiste la lucha en el despeñadero de tus manos donde no brillaron ideas, pero si la fuente oscura de tu incapacidad. Ahora cojeas por entre los trechos de la vergüenza, a orillas del pantano del olvido, de ese olvido que dejas por ser inaudito.

Los azotes del tiempo rondarán tu espada sorda, alzada en la nada por no saberla guiar cuando la cordura te exigía convicción. Y no fuiste quien debías ser. Para cubrir tu paso hará falta el arrebato del verso proclamando el vuelo a la montaña donde se aparecen los sabios que colman el valle con piélagos de razón, y miran de noche el amanecer en cada comarca porque disipan la niebla invisible con gajos verdaderos brotados del conocimiento puro. Así termino, yo Sancho, el conjuro de quien quiso ser Caballero más que Don Quijote. De quién solo deja una mancha en la planicie, donde aún existen molinos con sus sables de viento.



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Postales de una ciudad que se hace vieja.

Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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Un asuntino curioso

Un asuntino curioso “Cheo Marcano”
Autor: Juan José Prieto Lárez “Pey”




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lunes, 27 de octubre de 2014

Postales de una ciudad que se hace vieja.




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